Hay una inviolable sensación que jamás he podido desatar de mi redoma sebosa...
El olvido del repudio siempre es en vano, cuando la púa punzante atraviesa el camino más desencaminado hacia mi conciencia. Es verás el sentido, pero sentido único hacia la innominada arteria celaba para un futuro parámetro clásico. La defunción típica de la inocencia, la calma naciente de la joven pensante, un futuro y renombro el futuro para la ocasión, es que de el se desviven, es de el de quien se atreven, a trabajar y prosperar la inapetencia, un don chauvinista que sobresale de la soberbia transgresora y ascética menstrual, no femenina, no masculina, fecunda en la esmeralda pobre y de antemano extraviada; matanza de lo ajeno.
Hay una especie de tratamiento sólido que he podido llevar en realidad al espectro positivo, y esta ha sido la tranquilidad de la temperada calamidad llamada amistad que se ha consolidado con la ligereza, habilidad corriente de cada quien que pudre la corteza maciza de los que han sabido con gratitud devolver la certeza a los que no ven, sienten; pero dudan de si mismos.
Ya no celebro más el improperio, ni causo temor a cada claustro de mantel blanco, no me seduce la ternura, no.
Cierro un ciclo con la capacidad de silbar fuerte mi paciencia hacia aquel mito, quien sabe sobre celos, posee los genitales soberbios de limpieza.
Esta historia, esta historia… no tiene un final. Se trata de un prestigioso anhelo viviente, la calma extraviada, el ciclo resuelto…
…Es sólo la sangre quien corre, por el suelo, desaguada, corre, corre libre, pobre y sin concecuencia...
…Sólida se reposa, sola, se desvanece.


No hay comentarios:
Publicar un comentario